dedos y acababan perdiéndose en el horizonte, lejos, muy lejos.
En las mañanas de verano, descorrer las cortinas y dejar que el sol se colara por la ventana para darnos los buenos días. El olor a tostadas recién hechas huntadas con la mantequilla y la mermelada de melocotón que guardabamos en tarros de cristal, porque creíamos que así sabían mejor y duraban más. Un cielo despejado con olor a libertad, mezclado con la crema solar y nuestros pies descalzos sobre la arena de la playa, el pelo mojado, el sol abrazándonos y el sabor a salitre deshaciéndose en nuestros labios. Sentarnos en la orilla y construir enormes castillos de arena que acababan rompiéndose con las olas del mar.
En las tardes de otoño, el fuego de la chimenea calenténdonos poco a poco, el viejo álbum con las fotografías del verano y la primavera. El olor a castañas recién hechas y la película que habíamos visto ya tantas veces, (pero aun así, siempre llorabas con ella). La manta marrón de rayas y el despertador de tantos años atrás (que nunca me dejaste tirar, porque decías que era el que mejor te despertaba cada mañana).
En las noches de invierno, ya no nos quedaba nada. Ni siquiera las miradas esmeralda de la primavera, ni los buenos días del sol en verano, ni tampoco el olor a castañas asadas recién hechas del otoño. Nosotros sonreíamos ajenos a darnos cuenta de que todo aquello se había desvanecido poco a poco. Nos quedaban sólo una montaña de sueños rotos y un montón de fotografías y cartas entintadas como prueba de que todo aquello había sido real, (aunque tampoco demostraban nada).
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